Toscanini (1867-1957), el más célebre director en la historia de la Scala, no tenía una gran opinión sobre los intérpretes operísticos. Para él, había tres categorías humanas despreciables: los tontos, los muy tontos y los tenores. Su prohibición de los bises en el templo milanés no se basaba, sin embargo, en manías personales, sino en la convicción de que la música estaba por encima de las voces, de los instrumentos y del público, y no debía verse alterada por arrebatos de entusiasmo o egolatría.
El non possumus de Arturo Toscanini rigió de forma indiscutida hasta que el peruano Juan Diego Flórez, con la arrogancia que le permitían su juventud, 34 años recién cumplidos, y sus apabullantes dotes naturales, anunció que aspiraba al bis en el estreno scalífero de La fille du régiment, de Gaetano Donizetti. Fue todo un desafío al público y, sobre todo, a Stéphane Lissner, el superintendente del teatro. Flórez ya había obtenido en Londres un gran triunfo con La fille du régiment. ¿Iba a rendirse Milán ante él?
La respuesta llegó el martes, noche de estreno, con el aria Ah, mes amis. En cuanto Juan Diego Flórez terminó de cantarla, el público se alzó en pie y aplaudió durante cinco minutos. Lissner, que quizá había tomado previamente la decisión, dio orden de que la orquesta de que reatacara las notas de Ah, mes amis. Y Flórez consiguió el bis, el triunfo excepcional y la victoria sobre la ley de Toscanini.
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