¿Acaso no percibes como yo
los dulces perfumes de la noche?
¡Oh, con qué suavidad
acarician nuestros sentidos!
En un halo de misterio
atraviesan el aire,
y sin hacer preguntas
sucumbo a su encanto.
Tal es el encantamiento
que me ató a ti, querida,
el día en que te contemplé
por vez primera;
no necesité preguntarte
de dónde venías:
mis ojos vieron,
mi corazón comprendió.