El forastero, después
que le hubo escuchado atentamente, habló
en tono serio y profundo:
—Yo también
viví en otro tiempo
solitario, más
solitario que usted, y creí
que en aquella soledad que otros consideraban desconsoladora, el destino ya no
tenía nada que
ofrecerme. Entonces las olas del mar de la vida me arrastraron a un torbellino,
y estuve a punto de precipitarme en el abismo. Sin embargo, salí del fondo, y como buen
nadador me alcé y
navegué alegremente
sobre la corriente plateada, y ya nunca más volví
a temer las profundidades desesperantes que el movimiento de las olas oculta.
Sólo en las alturas
se comprende la vida, cuya primera exigencia es que se goce totalmente. Así es que brindemos por
los claros y alegres goces de la existencia y vaciemos nuestros vasos.
Eugenio brindó,
sin haber entendido bien al forastero. Las palabras, que pronunciaba en un español sonoro, resonaban con
una música extraña en su interior. Sentíase atraído por el forastero,
aunque no sabía
bien por qué...
(E.T.A. Hoffmann)