sábado, 14 de junio de 2014

Datura fastuosa

El forastero, después que le hubo escuchado atentamente, habló en tono serio y profundo:

—Yo también viví en otro tiempo solitario, más solitario que usted, y creí que en aquella soledad que otros consideraban desconsoladora, el destino ya no tenía nada que ofrecerme. Entonces las olas del mar de la vida me arrastraron a un torbellino, y estuve a punto de precipitarme en el abismo. Sin embargo, salí del fondo, y como buen nadador me alcé y navegué alegremente sobre la corriente plateada, y ya nunca más volví a temer las profundidades desesperantes que el movimiento de las olas oculta. Sólo en las alturas se comprende la vida, cuya primera exigencia es que se goce totalmente. Así es que brindemos por los claros y alegres goces de la existencia y vaciemos nuestros vasos.


Eugenio brindó, sin haber entendido bien al forastero. Las palabras, que pronunciaba en un español sonoro, resonaban con una música extraña en su interior. Sentíase atraído por el forastero, aunque no sabía bien por qué...

(E.T.A. Hoffmann)