De pronto vio a Sonia a su lado. Se había acercado en silencio y se había sentado junto a él. Era muy temprano todavía y el frescor matinal aún no se había mitigado. Sonia llevaba su vieja y raída capa y su chal verde. Su cara, delgada y pálida, conservaba las huellas de su enfermedad. Sonrió al preso con expresión amable y feliz y, como de costumbre, le tendió tímidamente la mano.
Siempre hacía este movimiento con timidez. A veces, incluso se abstenía de hacerlo, por temor a que él rechazara su mano, pues le parecía que Rodia la tomaba a la fuerza. En algunas de sus visitas incluso daba muestras de enojo y no abría la boca mientras ella estaba a su lado. Había días en que la joven temblaba ante su amigo, y se separaba de él profundamente afligida. Esta vez, por el contrario, sus manos permanecieron largo rato enlazadas. Rodia dirigió a Sonia una rápida mirada y bajó los ojos sin pronunciar palabra. Estaban solos. Nadie podía verlos. El centinela se había alejado en aquel momento. De súbito, sin darse cuenta de lo que hacía y como impulsado por una fuerza misteriosa, Raskólnikov se arrojó a los pies de la joven, se abrazó a sus rodillas y rompió a llorar. En un primer momento, Sonia se asustó. Mortalmente pálida, se puso en pie de un salto y le miró, temblorosa.
(F. Dostoyevski)