erigir un monumento en mi memoria,
podría ese honor aceptar complacida
con tal de que no lo alzaran nunca
ni a la orilla misma del mar donde nací
–mis lazos con ese mar ya los he roto–,
ni junto a mi árbol sagrado, en el jardín de los zares,
donde una sombra yerra y me busca desolada,
sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas
ante rejas que para mí nunca se abrieron.
– Anna Ajmátova