(...) Somos espantosamente aburridos. No tenemos carácter, color, variedad. Me pregunto -estalló- por qué no regresas.
Los ojos de su interlocutora se ensombrecieron, y Archer se preparó a recibir una respuesta indignada. Pero la condesa permaneció en silencio, como si estuviera considerando lo que acababa de oír, y Archer temió que fuera a responder que ella también se lo preguntaba. Finalmente, madame Olenska dijo:
- Creo que es por ti.
Era imposible confesarlo más desapasionadamente, o en un tono menos propicio a la vanidad de la persona referida. Archer se sonrojó hasta las sienes, pero no osó moverse ni hablar; era como si las palabras de la condesa fueran una rara mariposa que al menor movimiento se asustaría, alejándose con alas temblorosas, pero que también podía convocar a toda una bandada si no se la perturbaba.
(...) Ahí estaban, cerca el uno del otro, seguros y encerrados; y, sin embargo, tan encadenados a sus particulares destinos que lo mismo habría dado que les separara medio mundo.
- ¿Qué sentido tiene? ¿Cuándo regresarás? -exclamó, mientras un poderoso y desesperado "¿qué podría hacer yo para retenerte?" gritaba por debajo de sus palabras.
-¡Oh... todavía no me iré!
-¿Todavía no? ¿Alguna vez, entonces? ¿Alguna vez que ya prevés?
Al oír estas últimas palabras, la condesa levantó sus ojos más transparentes.
-Una cosa te prometo; no lo haré mientras tú resistas. No, mientras podamos mirarnos a la cara como ahora.
(E. Wharton)