viernes, 14 de agosto de 2026

Parábola

Así pues, para terminar con mi parábola (porque tienes gracia para interrumpirme y para desviar el curso de mis ideas), me siento atenazada, además, por la íntima tortura del deseo. Sé que nunca seré una bióloga. Mi pasión por las criaturas rastreras es grande, pero no exclusiva. Sé que amaré siempre, hasta la adoración, a las orquídeas, a las setas, a las violetas, y que todavía me verás salir sola, para vagabundear sola por los bosques y volver a casa sola, con un pequeño lirio solitario. No obstante, en cuanto me sienta con fuerzas, tendré que renunciar también a las flores, por irresistibles que me parezcan. Quedan el gran deseo y el grandísimo terror: el sueño de las más peligrosas, de las más inaccesibles y dramáticas ascensiones al azur... para terminar, sin duda, como una de esas solteronas, pobres arañas hiladoras que enseñan en las escuelas de arte dramático, consciente —puesto que insistes, siniestro insistente —de que nunca podremos casarnos y representándome sin cesar el deplorable ejemplo de la patética, de la brava, de la mediocre Marina.

- V. Nabokov